Acta fundacional

Hoy, día de San Juan, escribimos estas breves líneas mirando emotivamente hacia un pasado que aunque cercano, parece remoto por los muchos e intensos momentos que se han sucedido desde que decidimos entrecruzar nuestros destinos.

Hoy que consagramos nuestro querido Taller, que somos más que nunca una asamblea de hermanos francmasones, podemos entender que cada hito de este camino – que ha supuesto casi dos años de sosegada andadura – ha servido para dar sentido común a cada proyecto personal, para hacer realidad aquello que sólo tenía una existencia efímera en el mundo de las ideas.

Los pasos que damos, que hemos venido midiendo por el ángulo de quien camina a nuestro lado, nos han llevado a un lugar donde el mutuo afecto, la alegría y el debate respetuoso han presidido nuestras actitudes. Bajo la tibia luz del mediodía hemos aprendido a escuchar, a convencer, a esperar, a obviar el artificio, a saber lo que no queremos – “quod nolumus gnoscimus” – a comprender, en suma, que el sentido natural de las cosas habría de conducirnos hacia la consagración del templo masónico que estamos celebrando.

Ahora, mejor que nunca, somos capaces de asumir que la Masonería es una Institución cuyo fin es la iniciación mediante el simbolismo progresivo y que, en tal sentido, es heredera de una Tradición inmemorial conservada por los masones constructores de oficio, que se ha visto enriquecida con múltiples elementos de otras tradiciones iniciáticas.

Estamos convencidos de que existe un Orden Universal, cuya naturaleza y leyes configuran la Verdad en los diversos niveles de todo lo existente, y que todo es manifestación y expresión de una gran Fuerza creativa, cuya naturaleza desconocemos, y a la que nos referimos como Gran Arquitecto del Universo evitando, con ello, cualquier definición dogmática o teológica que perturbe el necesario respeto que debe merecernos el concepto personal que de ello alcance a cada individuo.

De este modo, ausentes de fórmulas preconcebidas y ajenos a motivaciones e inquietudes profanas, comenzamos a oscuras un trayecto que empieza y acaba en nosotros mismos. Iniciamos geométricamente nuestros pasos, dejando atrás toda cobertura social, toda dimensión política o religiosa, para renacer a un mundo donde la sencillez, la prudencia y la reflexión deben presidir todo comportamiento.

Nos une, de manera voluntaria, una cadena primordial e interminable con la que estamos igualmente ligados a múltiples aspectos genéricos de la vida en su dimensión humanitaria, y subrayamos la importancia capital de la dignidad humana y del respeto a los derechos individuales frente a cualquier otro factor de regulación social.

El tiempo carece de entidad, pues en todo momento se confunde el pasado, el presente y el futuro. Los valores, los principios, los conceptos que aceptamos nos acompañan desde el principio de los tiempos, y la profundidad, la sutileza que contienen, trasciende las épocas y las actitudes humanas.

Por ello, nos sentimos beneficiarios de un legado que ha de permanecer impoluto, que jamás debe ser asimilado como algo propio del momento que nos toque vivir, pues somos responsables de transmitirlo a las generaciones futuras, tal y como nos fue obsequiado aún cuando nunca consigamos aprehender toda su sabiduría. Mantenemos por ello un punto de vista tradicional respecto al trabajo en las logias, y respetamos profundamente la diversidad de criterios.

Sabemos, en fin, que no somos nada más ni nada menos que nuestro prójimo: meras espigas de trigo doradas al Sol; y buscando la Luz que discretamente se aloja en los ritos que celebramos, en los símbolos que nos rodean, colmamos el ansia espiritual que bulle en el fondo de nuestros corazones.

En los VV.·. de Sevilla, a veinticuatro de junio de 6006 (VL.·.)